A título personal: continuación 3


Primer contacto con el dolor

La “padrineta” …, eso ya es otra cosa. Montserrat, la querida madrina de mi hermana. Murió de golpe. Una noche. Tenía 28 años y era la hermana mayor de Núria. Se había casado hacía poco, un año más o menos. Fuimos a su boda, mamá nos había hecho unos vestidos largos muy bonitos, con manzanitas, y papá nos había llevado al barbero, como siempre, le gustaba que las niñas llevaran el cabello bien cortito.

Mi hermana adoraba a su madrina. Era una mujer alegre, joven y vital. La recuerdo con una sonrisa amplia y cálida, ojos bondadosos y cabello corto. Llena de abrazos amorosos.

Yo debía de tener 8 o 9 años y mi hermana unos 6 o 7. Un día, al llegar a casa saliendo de la escuela, al mediodía, notamos que en casa en pasaba alguna, nuestros padres estaban serios y desconcertados, nos dijeron que a Montserrat le había pasado algo y que nos íbamos a Barcelona, ​​por aquel entonces vivíamos en Igualada. Recuerdo que, de camino a Barcelona fue cuando nos dijeron que había muerto, a la altura de la montaña de Montserrat. En Montserrat supimos que Montserrat había muerto. Mi hermana no se lo creía, durante todo el camino iba pensando que no era cierto, que no podía ser … la negación.

Al entrar en Sancho de Ávila, en el tanatorio, papá y mamá nos preguntaron si la queríamos ver. Mi hermana deseaba verla, lo necesitaba, tenía que ver la muerte con sus propios ojos para creerlo. A los familiares no les pareció extraño que nuestros padres lo permitieran, pero ellos siempre habían tratado con mucha naturalidad estos temas con nosotras, así que entramos, la miramos con detenimiento, con curiosidad y dolor, estaba muy guapa, como generalmente se dice, estaba muy bien arreglada.

En esta muerte es donde sentí y casi olí, sí, oler, para mí tiene un olor especial, el dolor. El dolor de mi hermana, el dolor de unos padres al ver que la hija, tan joven, había muerto. Lola, la madre, nunca volvió a ser la misma. El dolor y la incredulidad de Núria, la hermana de Montserrat. El marido, que tenía un proyecto de vida con ella, la había perdido. El sentimiento de impotencia que causa una muerte joven. La palabra es desolación.

Montserrat había muerto una noche, habían ido en el Camp Nou a ver un partido del Barça, y en la madrugada, mientras dormía, su arteria, la aorta, que resultó que tenía las paredes muy finas, no aguantó. Ahora estás vivo, ahora no.

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